Este blog es continuación de mis otros dos anteriores (2008-2023): "El cuarto claro" (Poesía) y "Meridiana claridad" (Fotografía).

Cascabeles nocturnos

 




Oh, Luna


Y tú, Luna, la usurpadora.
De su luz te alimentas y así cebas
el sueño blanco de los licántropos,
de algunos poetas, de los vampiros
pájaros-pobres-ratones con alas
como tú, pobre astro sin brillo propio,
¡pero que a la oscuridad iluminas!
Barres el día, acunas el sol,
decoras el opaco negro que nos hunde
con brillos de fantasía.
Y, así, te llaman dama de noche,
como si fueras diva, como estrella
de la película noctámbula.
Los búhos te ululan,
los zorros te ladran dulcemente,
alguna vez te retraté
entre las hojas de las encinas.
Blanca, blanca eres como la nube
blanca del día.
Qué es propio tuyo sino
el mismo espejo donde te miras.
Nuestra madrastra blanca como la nieve
que hasta las ratas aman
correteando bajo tu luz de ganga
ante los gatos y sus razzias de juguete.
Sol dado eres rodando mañana
sobre el tapete del seguro azar
sin más valor que el calor
del amo llovido sobre la tierra
en un tiempo que no te pertenece.
El pasado y el futuro te construyen,
¿para cuándo tu presente?

(Del libro "En un lugar del mundo", Ediciones En Huida , 2024) 





Dos Ángelus, un ángel.

Estas cosas siempre me pasan, un poemario se enlaza con otro, intrincadamente, eso sí. Este ángel siempre se me aparece a la misma hora, las doce del mediodía, unas veces le hago fotos y otras no.


Aeternitas II (Ángelus ll)


No importa rezo,

si aro o siembro, el ángel

visita su hora


cristalizando

el tiempo, anunciando

la eternidad


de su compañía.


(Ayer)


Ángelus


Después, se nos apareció el ángel.

De la misiva celeste al árbol alado,

de los cauces labrados por tu espalda

a la virtud de la tierra abierta

sin desfallecimiento, exenta de sí misma,

entregada al beneficio del calor

y de la luz ya ocupándolo todo,

la geoda tierna resplandece

liberada de tanto cristal de invierno.

Como un barrunto de milagro,

como un sucesivo desconcierto

de alfiles al golpe de la espada

que nos favorece la generosidad

de tanta alma enterrada

junto a las lombrices y los sapos

, se evapora

el frío del barro y la salud aflora

rejuveneciendo el designio:

el ángel del tiempo canta las bondades

de esta naturaleza de todos

tan vivible como removida

por manos intangibles:

y para qué desear más mirada

si solo y sólo él labora

este sí-vivir semántico

con el que nos vocea en su anuncio

este nuestro lugar en el mundo.


(Del libro "En un lugar del mundo", Ediciones En Huida , 2024)








Una panóptica muy privada. A Enrique Valdivieso y Carmen, su esposa




Una panóptica muy privada. A Enrique Valdivieso y Carmen, su esposa

Esta vez, yo, tan puntual siempre, he llegado tarde. Tan trágicamente tarde, tan imperdonablemente tarde. En mi ánimo, en mi alma, en mi corazón, porque ambos, Enrique y Carmen, habitaban su propia estancia en él, se hallaba la idea, el deseo de pasarme algún sábado por la preciosa casa donde residían para presentarles a mi nieto, hoy, con tres meses de edad. Sólo esperaba a que el ambiente térmico, los aires primaverales sevillanos estuvieran más cercanos o desarrollados, y no sé si es que estos se han retrasado o el hecho de yo vivir a cierta distancia geográfica de su hogar me lo ha impedido. O yo no he sabido prever. Completamente no he sabido prever. Aunque, quién puede prever un suceso de tal categoría, quién, un accidente fatal que acaba con la vida de no solo mi querido y admirado profesor, sino de su querida y admirada también esposa, su mujer llamada con nombre de canto, Carmen.

La misma dificultad que encuentro hoy para expresar mi dolor y la compañía que me hicieron durante mi trayectoria vital es la que siempre me ha escoltado en mi recorrido voy a decir artístico. Porque si nunca he querido distinguir entre Arte y Poesía ha sido en gran parte debido a la enseñanza magistral de mi querido profesor. A él le debo no ya mi amor por el Arte, porque creo que casi desde que nací esa semilla se hallaba depositada en mí, sino algo aún mucho más profundo, más sostenible, menos etéreo, mucho más terrenal, más telúrico, algo al alcance de muy pocos. Él, con sus clases magistrales, con su poderío expresivo donde dejaba deslizarse su verdadero sentimiento y pasión por el Arte (fe, fe infinita), me enseñó a comprender el Arte. Ese mágico vocablo tan manoseado que nadie ha sido capaz de definir salvo con eternas perífrasis o tomos y tomos de palabras escritas. ¿Qué es el Arte? De Valdivieso aprendí que su definición es, de por sí, inefable. Recuerdo cómo en quinto de carrera, durante un examen donde entraba el tema de los Prerrafaelitas y ante la visión de una diapositiva de alguna pintura, algo desesperada porque una vez elaborado su comentario no me quedaba a gusto con lo de mí nacía, terminé el examen con toda mi frescura diciendo que solo un poema podría definir, descubrir, comentar esa pintura. Y así se lo entregué. Sabía que algo me la jugaba, pero mi vehemencia, mi necesidad de transmitir la belleza de esa pintura, logró que me arriesgara.

Y me comprendió, don Enrique el profesor, el admiradísimo por todos los alumnos profesor, me comprendió. A él le debo la Matrícula de Honor con la que me calificó en la asignatura que ese año impartió: Historia del Arte contemporáneo. Mi gran éxito en mis estudios, intuyo muy bien que depositada adrede en mi historial académico por su persona. Porque él sí creyó en mí, aunque no fue suficiente, porque los había mucho más avispados que yo entre el alumnado, gente muy bien “colocada” que consiguieron una media de nota más alta, de tal forma que me quedé a un paso, la tercera en la promoción, de conseguir una de las dos becas que me facilitaría la realización de la Tesis doctoral. Él me lo transmitió meses más tarde: te guardo el tema diez años, Sofía, “La escuela de Murillo” (casi ná, dije tal como digo ahora). Jamás pude llegar a matricularla por falta de medios económicos y ahí, esa, en esa encrucijada vital le decepcioné, llegó la gran decepción.

Sin embargo, el sincero afecto que había nacido entre su mujer, él y mi persona, me permitió, aunque a saltos de mata durante los años siguientes, seguir estando cerca de ellos. En mi alma se hallaba la necesidad de agradecimiento a su apoyo y a sus enseñanzas. Han formado parte de mi trayectoria vital humana (asistieron a mi boda, les llevé a mi hijo al poco de su nacimiento, alguna visita más tardía para enseñarle cómo había empezado a pintar al óleo y poco después a desarrollar mi gusto por la fotografía, otras por el simple placer de volver a verlo(s)…) e intelectual-artística. A él le pedí que prologara el libro de poemas más bonito que tengo escrito, “Los parasoles de Afrodita”, aunque posea casi nulas lecturas, no digamos ya crítica seria. Sabía que sólo él podría comprender por qué mis inquietudes artísticas encontraron el camino adecuado a través de la composición poética.

La gran decepción llegó con la actitud de la editorial. Nunca quiso resaltar que él, una de las figuras intelectuales más admiradas y queridas en Sevilla, era el prologuista. Para ellos no significaba nada; para mí, casi todo. En ese compendio poético logré, sin pretenderlo (mejor debería decir que lo logró Afrodita), comenzar a desarrollar mi teoría del Arte que nombro como “La costra dura de la nomenclatura”. Solamente, tras las enseñanzas de mi querido profesor, la poética pudo favorecerme la expresión de esa inefabilidad a la que aludí en aquel examen. Por fin comprendí, por fin supe, y sé, el porqué de mi amor por el Arte.  O por la poiesis. Y necesitaba que Valdivieso estuviera ahí. Era algo más que lo congruente. Era lo vital.

La última vez que nos encontramos presencialmente fue hace diez años justos. Apareció en la presentación del libro “Suroeste” y, si no recuerdo mal, con una de sus lindas hijas. Él siempre creyó en mí. Yo nunca he sabido moverme por ese mundo ajeno a lo verdadero. Yo nunca he creído en mí socialmente hablando, porque jamás me ha interesado ese camino como proyecto de vida, no sé si por miedo o por falta de habilidades. O por las dos causas a la vez, causas que se retroalimentan.

La última vez que vi a Carmen fue en la calle. Casi tropezamos. Iba en compañía de algunas amigas a visitar algún conjunto artístico, estaba ya jubilada, feliz, tan risueña, tanta alegría percibí que le daba encontrarme, poder abrazarme y darme unos besos. No he conocido nunca a nadie tan afable y cariñoso conmigo, a nadie de ese rango superior a mí en cuanto a la tesitura “maestros/alumnos”. Y ella, encima, catedrática de latín, mi lengua “muerta” amada. Siempre mis mayores han sido objeto de admiración y afecto por mi parte, de agradecimiento, mis mayores en cualquier campo o espacio. Pero ese, el “enseñante”, ocupa un enorme pedestal en mi ánimo. Los que forman parte de él son mis lares del hogar de mi mente, de mi espíritu intelectual, mis dioses humanos. Sentirme querida por ellos ha constituido el mejor regalo que la vida me ha deparado en ese ámbito y, como por Carmen y Enrique me sentí siempre así, querida, muy querida a causa de mi propia persona, hoy me siento casi tan huérfana como sus hijas.

Y debiéndoles lo más hermoso que la vida me ha regalado, que hubieran conocido a mi nieto, es decir sin haber podido ofrecerles el regalo del conocimiento de mi nieto como muestra de gratitud hacia ellos.

Como creer en el Arte es ser creyente, hoy sé que desde donde sus almas habiten ya habrán podido disfrutar de su sonrisa.

Siempre me acompañaron. Siempre me acompañarán. Sus personas hicieron un mundo mejor a mi alrededor. Fueron mis hacedores del bien. Es decir, mis bienhechores, mis benefactores.


Aeternitas

Aun en invierno, 

al recorrer el tiempo

vuelvo al comienzo.


o0o


Una estampa del sagrado corazón







Sacré coeur (Contra el frío) 

casto silencio, 
sagrado corazón
entre el ramaje. 

pura apariencia 
tramada entre las ramas
del boscaje bosqueja
la afable fronda 
presa en la llama 
de mi interior. 

lígrima mudez,
sagrado corazón, 
calor eterno.

(De "Opiliones")

Fotos móviles

Siempre me ha gustado disparar fotos a través de la ventanilla o del parabrisas del coche, normalmente juego con los reflejos, o disfruto viendo las sorpresas que me deparan cuando los miro, me encanta contemplar la distorsión que la velocidad procura o simplemente poder capturar esas escenas paisajísticas que me cautivan. Como el sábado pasado, cuando hizo mucha niebla durante todo el camino. Este disparo continúa sorprendiéndome bastante, no le encuentro explicación segura, a no ser que la misma niebla actúe como cuerpo semiopaco, y produzca la sombra del árbol (de color verde, por lo que me extraña que "sea sombra"), o como espejo y, entonces, lo refleje. En cualquier caso, como decía, me cautivan. Escribí ese poema para estos gustos míos. (El disparo está tal cual, ningún tipo de edición. Solo he añadido mi firma "a mano").



 

Fotomov

Espacios pequeños
con sus mínimas advertencias:
sed de mundo
en movimiento.
La pausa construimos.
Sin tiempo ni espacio
se agita
la tortuga vuelta del revés.
Para qué mis patas si suelo
no conservo,
para qué mi carey, mi coraza, mi escudo,
si no luzco brillos
para qué mis ojos
si permanecen cerrados.
Desde aquí observo un paisaje
sin tiempo ni espacio,
desde mi exógeno esqueleto
al infinito.
paisajes móviles
cristales de un mundo
en marcha
paisajes mínimos
cristales de un mundo
hecho añicos
paisajes cristales
mínimos de un mundo
que se marcha.
¿O yo me vengo?
( De "Camino de sirga", "Opiliones" 2023)

Las aguas

(Fui a compartir este poema, que pertenece al libro casi recién publicado "En un lugar del mundo", sobre las 9 de la mañana del día 29 de octubre. Pero "algo" me contuvo en el último momento, pensé "no vaya a ser que se líe más de la cuenta con esta lluvia". Era demasiado extraño todo. Aquí llovía a mares. Por mis escasos conocimientos de metereología, y por mi siempre enorme gusto por ella, no me cuadraba que, habiendo una dana en el Levante español, en este lugar, algo más al oeste aún que la ciudad de Sevilla, aquí cayera agua y, aún menos, con tantas ganas. Mi nuera estaba apenas recién ingresada para dar a luz a quien es hoy en día mi nieto. Había roto aguas. Tan solo me distraía para hacer tiempo hasta que llegara la hora de irnos al hospital. Todo fueron aguas ese día. Alguien comentó sobre la 1 del mediodía: "Vaya tela la que se está liando en Valencia". Aquí, a 500 km., un ama de casa algo inquieta por el nacimiento de su nieto y un futuro abuelo con gusto por leer las noticias sabíamos lo que el sinvergüenza no atinaba a medio vislumbrar ni mínimamente. Ni su jefe, el sr. Núñez ( qué leches son esa de Feijoó, su primer apellido es Núñez. Como el de la  IDA, nada de Ayuso, sino sra. Díaz, y punto. Hartita estoy de las rimbombancias con las que se adornan), que sigue sin querer ver (que se vuelva a poner las gafas). 

Para crucificarlos (es decir, detallo, para llevarlos ante la administración de Justicia), a uno y a otro "elementos" del PP.

Las fotos son de esa mañana camino de Sevilla. Las he trabajado ahora. 

El poema, abajo del todo.







 La sierpe agradecida


Las manos del arroyo se extienden

como garzas rosas planeando

sobre los caminos inundados.

Su cauce, antes perdido de agua,

hoy se derrocha lejano por la ribera

de los hombres, llama a los portones

cerrados, sagrada familia en itínere

del gran parto;

pero no le abren, no atienden

su súplica de desborde,

su necesidad de traspasar umbrales

de cobijo y calentar suelos insensibles.

El arroyo ahíto de líquido colmo busca

carentes alojos vitales, busca

querientes de agua vacantes, busca

acontecer como a él le han sucedido

la lluvia anhelada, la tierra desprendida,

las ramas de zarzas, las adelfas secas,

los cubos de pintura vacíos, el colchón

impuro, las bolsas de plástico blancas

como blancas palomas ahogadas 

tras su vuelo desde la tienda de avíos

hasta su barranco antes tan hueco.

Yo soy río grande, él se canta. Tan inocente,

huye de sí mismo entregándose a todos.

Y todos lo despiden con trompetas

tronantes de miedo y de paciencia mudas.

Y continúa huyendo yéndose.

Y buscando se aleja arroYando cada piedra

puesta en su camino. Avanza desembocando

su boca y su vientre pletóricos de légamo

en el horizonte adonde afluyen

todas las huidas, todos los abandonos.

Todas las vidas y todos los barros. 

En su mar. Atrás quedan

las muertes y los portazos,

los noes y hasta el ano y sus frutos

de quien solo pretendió devolver

todos los presentes prestados.


(De "En un lugar del mundo". Ediciones en Huida, 2024)